
Más de 20 años tuvieron que pasar para que Alejandro Jodorowsky volviera a filmar. Su última obra había sido El ladrón del arcoiris (1990) en donde contó por primera -y última vez- con estrellas de cine comercial. Jodorowsky la niega. La repudia. No cuenta para él. Con La danza de la realidad regresa a sus orígenes. Vuelve a tener chipe libre. Y lo hace en familia. En el elenco su hijo Brontis Jodorowsky encarna a su abuelo de manera brillante, Adán Jodorowsky (adanowsky) se encarga de la música y hace de anarquista, como su hermano Cristóbal Jodorowsky que también actúa en el papel del Teósofo. Y finalmente, el diseño de vestuario estuvo a cargo de su mujer Pascale Montandon.
Tocopilla según Jodorowosky
Al norte de Chile, en un pueblo llamado Tocopilla, nace en el seno familia judía un niño llamado Alejandro. La historia trata en parte sobre su infancia que transcurre durante los años treinta. Cuando Carlos Ibáñez del Campo gobernaba un país que se veía tremendamente golpeado por la crisis económica del año ’29. O mejor dicho, sobre la recreación surrealista que Jodorosky moldea con su particular creatividad y adorna con las más coloridas alegorías y bizarras exageraciones de su más lejano pasado. Tocopilla queda entonces convertido en un lugar idílico e imposiblemente pulcro para una ciudad pesquera. El imaginario del artista consigue cambiar la sórdida y árida tonalidad norteña por una atmósfera circense en donde predomina la intensidad visual, y que a su vez la hace absurda al forrarla con propaganda política y habitarla con enanos, mutilados, payasos, marineros, prostitutas y travestis. Algo que por cierto suele hacer en sus películas.



La dualidad de la infancia
En este lugar perfecto pero imperfecto viven dos niños que a la vez son uno: Alejandro (como lo llama su padre Jaime), y alejandrito como afectuosamente le dice Zara, su madre. Esta dualidad aborda por un lado al niño que debe ser hombre para ser amado por su progenitor, y por otro la de un niño que es el vivo retrato de su abuelo muerto y por consiguiente su madre revive en él su complejo de Edipo. Jaime, su padre, encarna arquetípicamente la figura del dictador soviético Stalin: es autoritario, tirano, ateo y no acepta debilidades. Zara es concebida como la típica mujer gruesa, fértil e hipersexual. Con un gran escote que aturde de entrada y poseedora de una voz honda y potente, pero que sin embargo es completamente sumisa a su marido.


Ambas facetas van siendo desarrolladas en una serie de pequeñas historias que constituyen el gran cómic que es su infancia. Como la amistad con un niño ciego que lustra zapatos y un acto de bondad; o la ida al dentista junto a su padre y una experiencia de sadismo paternal. Son varias las viñetas que se bosquejan. Algunas teñidas con el más bizarro de los humores, y otras que pretenden mostrar a este niño diferente. Que es pálido, circuncidado y judío en un lugar en donde la mayoría de la población es mestiza. Poco a poco la historia va cocinando otra anexa que peca en mutilar esta parte de la película dejándola huérfana y en una pausa que se eterniza esperando su turno para poder continuar.


Jaime, un nuevo Topo
Dicha historia es la siguiente: Jaime pretende asesinar al Dictador Carlos Ibáñez del Campo. Para ello deja Tocopilla en dirección a Santiago. Una vez en la capital busca aproximarse lo más posible a su enemigo esperando el momento perfecto para jalar del gatillo. Esto sumado a una serie de peripecias se roban la película en detrimento del pequeño Alejandro y su madre. Ocurre aquí algo interesante para reflexionar. Para todos quienes hayan visto El Topo (1970), película a la que Jodorowsky le debe su fama, notarán que lo que aquí hace es precisamente “topificar” a Jaime. Busca hacerlo renacer. Que este comunista ateo lleno de infelicidad se vuelva bondadoso. De cierta manera vuelve a rodar El Topo con un trasfondo muy similar para así redimirse con su padre muerto. Esa es la sensación que queda. La idea detrás de la propuesta: hacer las paces con su padre. Construir una historia de sanación psicomágica para él.


Su primera película chilena presenta una serie de elementos recurrentes que se aprecian a lo largo de su filmografía: enanos, mutilados, travestis, motivos simbólicos y místicos, claras alusiones al Tarot, personajes con voces ajenas (dobladas); pero a la vez resulta ser la más emotiva de todas, algo no común en Jodorowsky. Quizás se deba a que la propuesta es una suerte de autobiografía que por más surrealista que resulte, cuenta su niñez desde la vereda de los afectos, y la historia mágica de Jaime por medio de la sanación arquetípica del viaje. El viaje como un camino de aprendizaje y purgamiento espiritual.
Dos públicos y un desafío
Esta película tiene más que ninguna dos públicos: el primero es el incondicional, de seguidores del artista chileno que están interiorizados con sus ideas y propuestas artísticas a quienes no les hará ruido una serie de escenas que pueden ser provocadoras, repulsivas y de lleno indecentes. Mientras que el otro público, el más general (y el que en definitiva se debe conquistar) es el que no conoce a Jodorowsky y para quienes La danza de la realidad es otra película más en cartelera. Si la película no consigue llegar a este público no habrá conseguido nada. Considerando que cualquier cosa que haga o no haga Jodorowsky tendrá siempre a sus fieles seguidores que no dudarán en celebrarlo sólo por tratarse de él, y eso amigos míos no vale.

La película es interesante pero cansa. El personaje de Zara es un claro argumento: al principio es genial pero al poco andar termina fatigando el oído. Así y todo el talento de Pamela Flores es digno de destacar. También desconciertan las apariciones repentinas de Jodorowsky a lo largo de la película como si se tratase de un ser de luz. Es como una voz en off antropomórfica que hace reflexiones rocambolescas, dice un par de frases sabias y desaparece. Así a lo largo del metraje. La película no acepta cualquier público. Solo para fanáticos y mentes abiertas amantes de cualquier tipo de expresión artística. En lo personal me gustó bastante. Es de esa clase de películas que te dejan pensando. Imposible no compararla con Amarcord (1973) de Fellini. Que algo hay. Y en eso ya estamos de acuerdo varios. La nueva incursión de Jodorowsky en el cine cumple y compensa las dos décadas de sequía, ascuas y ansiedad que tuvieron que soportar sus fans.
La danza de la realidad se exhibe en Chile en la Cineteca nacional a un valor de $3.000 pesos adulto.